En un balcón de una elegante
mansión a las afueras de Londres se encontraba una muchacha, con largos
cabellos negros y párpados gruesos, que, a pesar de ser muy joven, parecía
mayor frente a el reflejo blanquecino de la nieve y el contraste de sus oscuros
ojos. Hacía horas que estaba allí, en la misma posición, pensando en un tema
que rondaba por su cabeza desde tempranas horas a la mañana.
Se había despertado de buen humor
–o lo que cabía entre su actitud desdeñosa y glacial-, y a lo largo del
transcurso del día, los acontecimientos la habían llevado a una índole
claramente insoportable. Faltaban un par de horas para anochecer, y esperaba
que pasaran rápido.
-Bella, por favor…- había
susurrado su hermana Andrómeda antes de retirarse por la puerta de su casa con
las valijas en mano, y aún así, no tenía intenciones de entenderla. No quería
llegar a comprender que había llevado a una Black a traicionar a su familia,
porque no podía ser “amor verdadero” como Andrómeda lo había llamado. Esa cosa
no existía para Bellatrix Black. No se podía vivir del amor, ni comer, ni hacer
dinero de él.
Allí, mirando por el balcón de su
antigua habitación, en la ahora actual mansión de sus padres y su hermana más
pequeña, se preguntó si ella amaba de verdad a Rodolphus, dándose la respuesta
más valida que podía ocupar su mente en ese momento: no le importaba en
absoluto. Él era su futuro marido porque su familia así lo había decidido y
porque su unión era conveniente por ambas partes. Se podía dar lujos que su
queridísima hermana Andrómeda ya no podía por haberse fugado con un maldito
pobretón, pero ese claramente ya no era su problema. Aún así algo de toda esa
situación le molestaba.
Le fastidiaba. Le hervía la
sangre pensar en semejante deshonra.
Golpeó la barandilla del balcón
con un puño cuando su hermana menor apareció, con una mueca extraña marcada en
el rostro.
-¿Cómo te lo has tomado?-
preguntó Narcisa.
-Está bien. –musitó fríamente
Bellatrix. No quería hablar en esos momentos, menos aún con su poco casual
hermanita.
-¿Esta bien? Nuestra hermana nos
ha traicionado Bella, quizás aún no lo has entendido.
-Soy mayor que tú, por ende más
inteligente, es obvio que comprendo lo que está sucediendo. Pero no me importa.
–Hizo una pausa- ¿¡Hermana dices!? ¡A partir de ahora no es nada mío!- exclamó,
y se apartó del balcón hacía un espejo cercano. -¡Ella decidió a ese asqueroso
impuro antes que a su propia familia! ¡Yo jamás hubiese hecho semejante…!
-¿¡Estas segura, Bella!? ¿¡Por
nadie, ni siquiera por el Señor de las Tinieblas!?
Bellatrix hizo una mueca
distorsionada pensándoselo mejor, pero volvió a su estado de firmeza,
escrutando con la mirada a su hermana, algo fulminante y retadora.
-De acuerdo.- dijo Narcisa tras
unos segundos.- Pero no vine a discutir. ¿Me acompañas afuera? Tu prometido
también está allí.
Aquél día hacía un frío
sobrehumano gracias a la época del año (casi navidad), y Bellatrix se tomó unos
minutos en buscar entre sus viejas prendas alguna lo suficientemente abrigada.
Miró con desagrado el saco grueso que tenía entre sus manos, pero se lo colocó
sobre sus hombros de todas formas sin prestarle demasiada atención a que éste
resaltaba sus rasgos duros.
Antes de salir de la habitación,
repasó nuevamente el tema de Andrómeda en su mente. ¿Importaba de verdad el
lazo que las unía?, ¿o valía más la traición que ésta había cometido al casarse
con un inmundo sangre sucia que no era merecedor de nadie del calibre Black?
Andrómeda había traicionado a su
familia, a las generaciones y generaciones de sangre puras, a los de su propia
casa en Hogwarts, y también a ella misma, a quien le correspondía ser. A partir
de ese entonces, esa traidora ya no era su hermana, ni siquiera su conocida. No
podía perdonarle aquello y jamás lo haría, ni aunque su vida le costase.
Bellatrix debía verla, a partir
de ahora, como a una traidora de sangre, merecedora que cualquier injusticia y
maltrato de su parte.

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